Cada verano alguien publica una lista. Cada verano la lista es parecida. Columna sobre el ritual estival y sus tics.
La lista de verano es un género en sí mismo. Tiene sus reglas no escritas: debe incluir una novela larga que nadie terminará, un ensayo que suene inteligente, un libro extranjero traducido al que nadie le da más de veinte páginas, y un clásico que todo el mundo ya tiene pero nadie ha leído.
Lo curioso es que la lista se publica como si fuera nueva. Cada año, los mismos títulos disfrazados de descubrimiento. Y cada año, los lectores fingimos sorpresa. Es un ritual, y como todos los rituales, no se trata de novedad sino de repetición. La lista de verano no sirve para leer: sirve para creer que vamos a leer.
Y está bien. La ilusión de leer es, a veces, el primer paso. El verano pasa, la lista se olvida, pero queda la sensación de haber planeado algo. Y planear, ya lo sabemos, es la mitad.
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