El libro de la mesita de noche dice más de uno que cualquier estantería. Columna sobre el libro que está siempre ahí y avanza siempre despacio.
La mesita de noche es la biblioteca sin disfraz. Lo que está ahí es lo que se lee de verdad: no lo que se muestra, ni lo que se planea, ni lo que se dice leer. El libro de la mesita avanza a ritmo de página por noche, a veces menos, y ese ritmo lento es el más honesto de todos.
Hay quien cambia el libro cada semana. Hay quien lo deja meses. Los primeros leen mucho y recuerdan poco; los segundos leen poco y recuerdan mucho. No hay un modo correcto, pero sospecho que el segundo es más fiel a lo que la lectura suele ser: un tránsito lento, a veces detenido, casi nunca lineal.
Miro mi mesita ahora. Hay un libro que no he abierto en dos semanas. Lo dejaré ahí. Su presencia, aunque no lo lea, es una especie de promesa. Y las promesas, incluso las incumplidas, tienen su función.
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