La novela tiene seiscientas páginas y una voz interior constante. La obra dura noventa minutos. Crítica de cómo se hace lo que parecía no poder hacerse.
El director tomó una decisión radical: no narrar la voz interior. La novela vive en la cabeza del personaje; la obra vive en su cuerpo. Lo que en el libro es pensamiento, en el escenario es gesto. Y el gesto, bien elegido, dice más que el pensamiento escrito.
Hay un momento, hacia la mitad, en que el personaje se queda inmóvil durante un minuto entero. En la novela, ese minuto es una página de monólogo interior. En la obra, es silencio. Y el silencio, en un teatro, es insoportable. El espectador quiere que pase algo, y lo que pasa es nada. Ese nada, sin embargo, es lo más cercano al monólogo interior que el teatro puede ofrecer.
La adaptación no es fiel, y no pretende serlo. Es, más bien, una traducción: no de palabras a palabras, sino de palabras a cuerpo. Y el cuerpo, resulta, puede decir lo que la palabra calla.
El final cambia. En la novela, el personaje decide. En la obra, no. El director explicó: "La novela fue escrita en una época en que las decisiones importaban. Hoy, lo que importa es la indecisión". No sé si tiene razón. Pero el final, cambiado, dolía más.
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