Sacaron las obras para dejar solo las paredes. La gente va a ver el vacío. Crítica de una exposición que no expone nada.
La pared desnuda no es nada: es el museo sin su máscara. Y resulta que el museo, sin obras, tiene algo que mostrar: sus salas, sus techos, la luz que cae distinto en cada espacio. El vacío, que parecía ausencia, se vuelve presencia.
La crítica podría ser fácil: es un truco, una provocación curatorial, un gag. Pero el gag funciona. El visitante que entra a ver nada se pone a mirar todo: la moldura, la grieta, el reflejo. El museo se vuelve un edificio, y el edificio, por una vez, se vuelve visible.
No durará. Pronto volverán las obras y el edificio volverá a desaparecer detrás de ellas. Pero por unas semanas, el museo se muestra sin disfraz. Y eso, para un museo, es una rareza.
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