Tres preguntas se repiten en cada feria: ¿es sostenible un sello pequeño?, ¿por qué seguir imprimiendo en papel?, ¿quién lee lo que publicas? Responde con la calma de quien ha equivocado el tiraje y aprendido a vivir con las cajas que sobran.
La conversación deriva pronto hacia los números que nadie quiere ver: el costo de la portada, el porcentaje del distribuidor, el margen que desaparece en el transporte. Pero también hacia las alegrías que no se contabilizan: la carta del lector que encontró el libro en una biblioteca de pueblo, la traducción inesperada, el premio que llega cuando el sello ya estaba a punto de cerrar.
Al final, la pregunta no es si se puede, sino cómo. Y la respuesta, como casi siempre en este oficio, es una mezcla de terquedad y cariño que ningún plan de negocios logra explicar.
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