La librería tiene menos de veinte metros cuadrados y más de tres mil títulos. La librera los conoce a todos, y a la mayoría de sus clientes también. Hablamos del oficio de recomendar, del miedo a que cierren la calle, y de los lectores que llegan buscando un libro y se van con tres.
Recomendar, dice, es un acto de intimidad. "No es lo mismo decirle a alguien que lea esto que decirle: a usted, que entró lloviendo y me preguntó por algo corto, léase esto". El barrio le ha enseñado más de lo que esperaba: los horarios en que la gente lee, los meses en que nadie compra, los días en que solo entran a mirar.
Al despedirme me regala un libro que, según dice, "es para que no se le olvide que esto también es un lugar".
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