Su taller huele a tinta y metal. Es el último que compone a mano en la región. Una entrevista sobre un oficio que se apaga, los aprendices que no llegan y la belleza de la letra que se hunde en el papel.
Me deja componer una línea. El peso de los tipos sorprende: cada letra es un objeto de plomo que hay que colocar al revés. "La tipografía", dice, "es el único oficio donde para leer derecha la palabra hay que pensarla al revés". Su taller recibe visitas de vez en cuando, pero casi nadie se queda a aprender. "Es lento", admite, "y lo lento no vende".
Pero hay una cola de encargos: invitaciones de boda, tarjetas, pequeños folletos. "La gente viene cuando quiere que el papel recuerde algo", dice. Le pregunto qué hará cuando se jubile. Me mira los tipos en la mano y dice: "Esto no se jubila. Se cierra".
Antes de irme me regala una hoja con una composición de prueba. La letra se hunde en el papel como una huella. La guardo.
Comentarios
Sé el primero en comentar.