Una taxonomía inútil pero precisa: el que lee con el libro en alto, el que lo esconde, el que finge leer, el que lee y llora. Reconózcase.
El lector con el libro en alto quiere ser visto. El que lo esconde no quiere que le hablen. El que finge lee en realidad mira a la gente por encima del lomo. El que lee y llora es el más valiente, y también el más peligroso: uno no sabe si acercarse o dejarlo.
Hay un quinto tipo, que no mencioné en el título porque no cabe: el que lee y ríe. Ese incomoda a todos, porque la risa en el metro es un acto público. Pero es el que yo envidia. Leer algo tan bueno que hace reír en público es, quizá, la mayor recomendación que un libro puede recibir.
Yo, para ser sincero, soy del segundo tipo: el que esconde el libro. No por pudor, sino porque no quiero que me pregunten qué leo. Si me lo preguntan, tendré que explicarlo, y explicar un libro es la mejor manera de arruinarlo.
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